La solidaridad transforma comunidades
La generosidad, como los balones, rebota: lo que alguien entrega hoy en una cancha vuelve mañana convertido en un barrio que sabe cuidarse.
Un balón viejo, unos guayos que le quedaron pequeños a alguien, una tarde de tiempo prestado. Casi nadie llamaría a eso un plan de desarrollo, y sin embargo con esas cosas menudas se ha ido levantando lo que hoy pasa cada tarde en la cancha del Polideportivo de Playa Rica. La solidaridad rara vez llega en forma de grandes gestos: llega en cosas pequeñas que alguien decidió no guardarse.
En la Fundación Richard Hoyos Alcántara — Goles de Vida aprendimos eso desde el primer día. La fundación no nació de un presupuesto ni de un despacho, sino del dolor por la muerte violenta de Richard, comunicador social, y de la terquedad cariñosa de su amigo Mauricio Herrera, que en lugar de resignarse decidió llevar el fútbol a los barrios donde más falta hacía. Eso también es solidaridad: transformar la pérdida propia en algo que le sirva a otros.
Por eso repetimos tanto nuestro lema: la generosidad, como los balones, rebota. No es una frase bonita para una camiseta: es lo que hemos visto pasar en la Comuna 8 de Villavicencio desde 2012.
La solidaridad no es dar lo que sobra
Existe una forma de ayudar que deja a quien recibe en deuda permanente: la que se acerca desde arriba, entrega algo y se va. Esa ayuda alivia un rato, pero no transforma nada. Puede incluso hacer daño, porque le confirma a un niño la idea de que él es un problema que alguien viene a resolver.
La solidaridad que nos interesa es distinta. Es la que se sienta a la misma altura, pregunta antes de proponer y se queda el tiempo suficiente para que la relación se vuelva confianza. Es más exigente, porque implica volver: el martes, el jueves, el mes siguiente, el año siguiente. Y es la única que deja huella.
La diferencia está justamente ahí: la asistencia entrega cosas, la solidaridad construye vínculos.
La solidaridad de verdad no se mide por lo que uno entrega, sino por el tiempo que está dispuesto a quedarse.Fundación Goles de Vida
La cancha enseña a pasar el balón
Hay una razón por la que el fútbol nos sirve tanto para hablar de esto. En un partido, nadie gana solo. El jugador más talentoso necesita que alguien le abra un espacio, que otro recupere atrás, que un tercero le grite que está libre. El pase es, si uno lo piensa, el gesto solidario más puro que existe: renunciar al protagonismo porque el compañero está mejor ubicado.
Los niños y niñas lo entienden mucho antes de que se lo expliquemos con palabras: quedarse el balón para lucirse casi siempre termina en pérdida. Ese aprendizaje no se queda entre las líneas de cal; se lo llevan al salón, a la casa, a la cuadra.
Y ocurre algo más: los más grandes empiezan a cuidar a los pequeños casi sin que se lo pidamos. Les prestan los guayos, les explican una jugada, los esperan para volver juntos. Ahí vemos que la solidaridad dejó de ser un tema del taller y se volvió una costumbre.
Cuando un barrio empieza a cuidarse solo
Lo más transformador que hemos visto no es lo que la fundación le da a la comunidad, sino lo que la comunidad empieza a darse a sí misma. Una mamá que se ofrece a acompañar el entrenamiento porque otra no pudo llegar. Un vecino que presta el espacio o el agua. Un adolescente que vuelve, ya más grande, a ayudar con los niños que apenas empiezan.
Ese es el punto de quiebre: cuando la solidaridad deja de ser algo que viene de afuera y se convierte en una manera de estar juntos. Un barrio que se cuida a sí mismo es más difícil de romper, porque la violencia y el abandono se alimentan justamente de lo contrario: del aislamiento.
Por eso trabajamos también con las familias, en las escuelas de padres y en el acompañamiento psicosocial. Cuando los adultos se organizan, se escuchan y se apoyan entre ellos, los niños crecen sobre terreno firme.
Solidaridad no es caridad
La caridad mira hacia abajo y termina cuando se acaba lo que se entregó. La solidaridad mira de frente y sigue después, porque lo que construye no es un favor: es una relación. La primera consuela; la segunda transforma.
Formas concretas de ser parte
Mucha gente quiere ayudar y no sabe por dónde empezar, porque imagina que hace falta mucho. Nuestra experiencia dice lo contrario: casi todo lo que sostiene la fundación llegó en aportes pequeños y constantes.
- Regalar tiempo: acompañar un entrenamiento, apoyar una actividad, estar presente con constancia.
- Compartir un saber: enseñar lo que uno sabe hacer, desde una charla hasta un oficio.
- Aportar recursos: implementos deportivos, refrigerios, útiles o un apoyo económico periódico.
- Abrir puertas: conectar a la fundación con personas, empresas o instituciones que puedan sumarse.
Ninguno de esos gestos cambia un territorio por sí solo; todos juntos, sostenidos en el tiempo, sí. Y algo sorprende siempre a quien se acerca: termina recibiendo más de lo que trajo. La solidaridad no se gasta al usarla.
Después de más de una década en la Comuna 8, seguimos creyendo lo mismo que al principio. El fútbol nos abre la puerta, pero lo que ofrecemos adentro es acompañamiento, formación en valores y la certeza de que ningún niño tiene que crecer solo. Cada balón que rueda en Playa Rica lleva el nombre de Richard y la convicción de que a la violencia se le responde sembrando comunidad. Porque la generosidad, como los balones, rebota: lo que hoy alguien entrega en una cancha vuelve mañana convertido en un barrio que sabe cuidarse.
Haz que la generosidad siga rebotando
Con tiempo, saberes o un aporte constante puedes sostener la cancha, los entrenamientos y las escuelas de padres en la Comuna 8. Súmate a Goles de Vida.


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