La gratitud, un valor que fortalece las relaciones
Decir gracias de verdad no es un formalismo: es la manera más sencilla de hacer visible al otro y de sostener los vínculos que nos cuidan.
Hay una palabra que cambia el clima de una casa, de un salón y de un vestuario, y casi siempre la decimos de afán: gracias. En la Comuna 8 de Villavicencio hemos visto cómo esa palabra, cuando se dice de verdad y mirando a los ojos, hace algo que ninguna regla logra: convierte a un grupo de personas que comparten un espacio en un grupo de personas que se cuidan.
En la Fundación Richard Hoyos Alcántara — Goles de Vida trabajamos desde 2012 con niños, niñas, adolescentes y sus familias. Usamos el fútbol como puerta de entrada, pero lo que ocurre adentro es formación humana. Y entre todos los valores que acompañamos, la gratitud es de los más subestimados: parece un detalle de buena educación y en realidad es una de las bases más firmes de cualquier relación duradera.
La gratitud no es un formalismo, es una forma de mirar
Solemos confundir la gratitud con las buenas maneras. Decir «gracias» por costumbre está bien, pero la gratitud verdadera empieza antes de la palabra: es darse cuenta. Darse cuenta de que alguien madrugó para lavar el uniforme, de que un vecino prestó la cancha, de que un compañero corrió por uno cuando estaba cansado. Si no hay ese reconocimiento previo, el «gracias» es apenas un sonido.
Por eso decimos que la gratitud es una forma de mirar. Es el hábito de notar lo que otros hacen por nosotros, incluso cuando es pequeño y silencioso. Y en barrios donde muchas cosas cuestan más trabajo, ese hábito tiene un efecto poderoso: enseña que uno nunca llega solo a ninguna parte.
La gratitud es la memoria del corazón: recordar quién estuvo ahí cuando nadie tenía por qué estarlo. Un niño que aprende a agradecer aprende, sin darse cuenta, a no sentirse solo.Fundación Goles de Vida
Lo que la cancha nos enseñó sobre agradecer
El fútbol tiene una ventaja pedagógica enorme: obliga a depender de otros. Nadie gana un partido solo. El gol más celebrado casi siempre nació de un pase que nadie recuerda, de un compañero que hizo el desgaste, de un arquero que sostuvo el marcador diez minutos antes. Ahí la gratitud deja de ser un discurso y se vuelve evidente.
En nuestros entrenamientos en el Polideportivo de Playa Rica hacemos algo muy simple y muy potente: nombrar lo invisible. Cuando un niño celebra su gol, le preguntamos quién se lo dio. Cuando el equipo pierde, buscamos qué hizo bien alguien que nadie estaba mirando. Poco a poco, los propios chicos empiezan a hacerlo sin que se lo pidamos, y ese cambio se nota en cómo se tratan fuera de la cancha.
También agradecemos hacia afuera del equipo: al rival por el partido, al árbitro por su trabajo, a quien barrió la cancha, a la mamá que llevó el refrigerio. Cuando un adolescente entiende que un entrenamiento existe porque muchas manos lo sostienen, cambia su manera de pararse en el mundo.
Cómo la gratitud fortalece las relaciones
Una relación se desgasta cuando lo bueno se vuelve invisible y solo lo que falta hace ruido. La gratitud invierte esa balanza. No niega los problemas ni los tapa: simplemente devuelve al lugar que le corresponde todo lo que sí está funcionando y que dejamos de ver por costumbre.
En las escuelas de padres conversamos mucho sobre esto. Muchas familias llegan cansadas, con la sensación de que solo se hablan para corregir o para pedir. Empezar a nombrar lo positivo —»gracias por ayudarme hoy», «me gustó cómo trataste a tu hermana»— no arregla todo, pero abre una puerta que estaba cerrada. Y una puerta abierta ya es bastante.
Cómo cultivarla en casa y en el equipo
La gratitud no se enseña con sermones, sino con adultos que agradecen de verdad y con momentos donde agradecer sea posible y no forzado. Estas son algunas prácticas sencillas que proponemos a las familias que nos acompañan.
- Agradecer con detalle. En vez de un «gracias» suelto, decir qué se agradece y por qué: es más difícil de fingir y mucho más valioso de recibir.
- Un momento fijo al día. En la comida o antes de dormir, que cada quien nombre una cosa buena del día y a quién se la debe.
- Agradecer también el esfuerzo. No solo los resultados: el que insistió, el que volvió después de fallar, el que acompañó sin protagonismo.
- Dejar que los niños agradezcan a los adultos. Cuando pueden hacerlo sin miedo, la relación deja de ser vertical y se vuelve encuentro.
Una advertencia necesaria
La gratitud se marchita cuando se exige. Un niño al que se le recuerda todo el tiempo todo lo que se hace por él no aprende a agradecer: aprende a sentirse en deuda. Son cosas distintas. La primera libera y acerca; la segunda pesa y aleja. Por eso la invitación es a modelarla, no a cobrarla.
Nuestra fundación nació de un dolor: la memoria de Richard Hoyos Alcántara y el empeño de un amigo que decidió que ese vacío se llenara con balones y no con rencor. Todo lo que hoy pasa en la cancha existe gracias a alguien: quien creyó primero, quien regaló su tiempo, quien confió sus hijos a este proceso. Enseñar gratitud no es para nosotros un tema más del programa de valores: es contar quiénes somos. Cada vez que un niño de la Comuna 8 dice «gracias» y lo siente, algo de ese sueño sigue vivo y sigue rebotando.
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