Construyendo proyectos de vida desde la infancia
Un proyecto de vida no se decide a los diecisiete: se empieza a sembrar mucho antes, en la cancha, en la casa y en el barrio.
A los ocho años casi nadie sabe qué quiere ser. Pero todos saben qué se siente que alguien les pregunte. En el Polideportivo de Playa Rica hemos comprobado algo sencillo y enorme: un proyecto de vida no empieza con una decisión de carrera a los diecisiete, empieza el día en que un niño descubre que su futuro le importa a alguien más además de a él.
En la Fundación Richard Hoyos Alcántara — Goles de Vida trabajamos desde 2012 con niños, niñas y adolescentes de la Comuna 8 de Villavicencio. Y si algo hemos aprendido en estos años de canchas y escuelas de padres, es que el fútbol nunca fue el objetivo: fue la excusa hermosa para hablar del mañana con quienes casi nunca tienen con quién hacerlo.
Un proyecto de vida no se decide, se cultiva
Existe una idea muy extendida: que el proyecto de vida es un formulario que se llena al final del colegio. Elegir carrera, oficio, ciudad. Como si a los diecisiete apareciera de golpe una capacidad de proyectarse que nadie entrenó antes.
La realidad es otra. Proyectarse es una habilidad, y como toda habilidad se practica. Un niño que aprende a esperar su turno, a entrenar aunque llueva, a cumplir una promesa que le hizo al equipo, entrena los mismos músculos internos que necesitará el día que decida terminar el bachillerato o buscar un trabajo digno.
Por eso hablamos de cultivar y no de decidir. Nadie decide una cosecha: la siembra y la cuida.
Lo que la cancha enseña sobre el futuro
El fútbol tiene una virtud pedagógica poco común: obliga a pensar en el después. Un niño que quiere jugar bien entiende rápido que necesita entrenar hoy para el partido del sábado. Ese salto mental —lo que hago ahora tiene consecuencias más adelante— parece obvio, pero para quien crece donde el mañana es incierto, es una idea nueva.
En los entrenamientos la hacemos explícita. Cuando un niño logra un gesto técnico que semanas atrás no le salía, nos detenemos y se lo nombramos: no fue suerte, fue tu constancia. Ponerle palabras a los logros pequeños es la forma más honesta de enseñarle que es capaz de construir algo.
La cancha enseña además algo sin discursos: que uno puede fallar sin dejar de valer. Un penalti errado no cancela a nadie; un año escolar difícil, tampoco. Esa distinción sostiene a un adolescente cuando el entorno le susurra que ya no vale la pena intentar.
Un niño no sueña con lo que no ha visto. Por eso nuestra tarea no es pedirle que tenga metas, sino ampliarle el mundo hasta que las metas le aparezcan solas.Fundación Goles de Vida
La familia y el barrio: el terreno donde crece el sueño
Ningún proyecto de vida se sostiene en soledad. Un niño puede tener toda la ilusión del mundo, pero si en su casa nadie cree que sea posible, se apaga rápido. Por eso las escuelas de padres no son un complemento: son parte central del trabajo.
Muchos padres y madres de la Comuna 8 crecieron con poco acompañamiento y hacen lo mejor que pueden con lo que recibieron. Con ellos no trabajamos técnicas de crianza, sino algo más de fondo: recuperar la confianza en que su hijo puede llegar lejos. Un papá que dice «yo sé que tú puedes» hace un trabajo que ningún taller reemplaza.
El barrio también educa. Cuando un joven que fue alumno vuelve al polideportivo a ayudar, los más pequeños ven algo que ningún cartel podría explicarles: que quedarse, estudiar y devolver es un camino posible.
Cómo acompañamos, en la práctica
No tenemos fórmulas mágicas, pero sí una manera de hacer las cosas que hemos pulido con los años y con los errores. Todo pasa por lo cotidiano, no por los grandes eventos.
- Preguntamos y escuchamos de verdad. Antes de proponer metas, entendemos la vida de cada niño: su casa, sus miedos y sus ganas.
- Celebramos procesos, no solo resultados. El esfuerzo sostenido merece el mismo aplauso que el gol.
- Cuidamos el vínculo con el colegio: un proyecto de vida sin educación se queda corto muy pronto.
- Acompañamos lo emocional, con apoyo psicosocial cuando la historia personal pesa demasiado.
Y sobre todo sostenemos la presencia: estar el martes, el jueves y el sábado siguiente. La constancia de los adultos es el mensaje más poderoso que un niño recibe sobre su propio valor.
Una pregunta que lo cambia todo
Si usted acompaña a un niño o a una niña, cambie esta semana el «¿cómo te fue?» por «¿qué es lo que más te gusta hacer y por qué?». Escuche sin corregir. Ahí empieza a asomarse un proyecto de vida.
Sembrar sin ver la cosecha
Muchos de los frutos de este trabajo no los vamos a ver. Un niño que hoy aprende a cumplir su palabra tal vez lo note a los veinticinco, cuando sostenga un empleo o críe a sus hijos de otra manera. Y está bien: sembrar sin exigir la cosecha también es una forma de amor.
Goles de Vida nació de una historia dura: la memoria de Richard Hoyos Alcántara, cuya vida fue arrebatada por la violencia. De ese dolor salió una decisión que aún nos mueve: llevar el fútbol, la educación y los valores a los barrios donde más falta hacen. Cada niño que se atreve a imaginar un futuro y encuentra adultos dispuestos a sostenerlo es esa decisión hecha realidad. Porque la generosidad, como los balones, rebota —y a veces vuelve convertida en el proyecto de vida de alguien que ya no tuvo que escoger entre soñar y sobrevivir—.
Ayúdanos a sembrar futuros en la Comuna 8
Cada entrenamiento y cada escuela de padres ayuda a un niño a imaginar su futuro. Apoya a Goles de Vida y haz parte de esa siembra.


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